A veces me resulta indescifrable Bogotá. Tiene esa mezcla rara de tranquilidad y punto de ebullición, nunca me queda claro si en cualquier momento puede pasar algo o si se mantendrá invariable durante horas y horas.
Cuando llegué me pareció una ciudad muy tranquila, con gente amable y predispuesta con el turista. A medida que fui conociendo más y más me empecé a cruzar con historias contradictorias.
Camino por la calle, veo al pibe de 8 años aspirando poxi, al borracho de turno en la esquina, la señora cruzando la avenida con el cochecito del bebé, un militar parado en cada esquina ametralladora en mano. Podría ser Kabul o La Cumbrecita.
Carteles de propaganda militar habitan las calles, hablando de ética, respeto y responsabilidad moral. Debo confesar lo chocante que me parece caminar por la calle y que un tipo vestido de verde con una ametralladora en la mano tenga la posibilidad de arrancarme la vida.
Siempre que pienso en la soledad se me viene a la cabeza una idea. Pienso cual será la sensación de un indigente, de cualquier persona que quedó a la vera del camino de este sistema, que no tiene nada más que un banco de plaza y algún perro que le ladre.
Trato de ponerme en su lugar, tratar de entender. Que le pasará por dentro a la hora que la ciudad se apaga. Cuándo la gente sale de los trabajos, el sol se esconde, la ciudad empieza a silenciarse. Con suerte durante el día hice algunas monedas para morfar algo y tomarse el resto, tratando de no pensar, de no sentir.
Una camioneta BMW pasa por delante mío, no estoy seguro que entienda la realidad que se vive por fuera de su burbuja de cristal polarizada. Pero pienso cuán distinta es su propia realidad a la de mi vagabundo amigo.
Cuanta gente conocí que arrancaba a las 7 am y llegaba a la casa a las 9 de la noche. Cansado, podrido de tanto día de trabajo. Con ganas de una ducha, un plato de comida y de desmayarse en la cama. Cerrar los ojos y tratar de no pensar. De no escuchar. No importa si quien habla es un hijo, una esposa. Sólo necesita silencio. No se sentirá igual de solitario? A pesar de su BM, de su plasma o su casa en barrio privado.
Muchas me advertían cuando llegué que tuviese cuidado con los taxis, con los grupos en las plazas, pero siempre me parecía una boludez. Las primeras semanas seguía con la cabeza en Buenos Aires y pensaba que si en Buenos Aires no me había pasado nada como me iba a pasar justo acá.
Algunas veces me volví caminando de madrugada hasta el hostal y me lo recriminaron varios.
Una mañana me despierto como a las 6 am y lo veo entrar a Stephan, un alemán buena onda y drogadicto. Lo despiertan a Martin, mi amigo suizo, otro personaje que merece un capítulo aparte. También está William, el recepcionista del hostal del turno noche.
En el segundo flash lo veo a Martin cambiarse y salir del cuarto. Sin entender mucho que pasa me vuelvo a dormir.
A la mañana siguiente me entero que agarraron a Stephan a la salida de un bar donde las niñas bailan y juegan a ser Barbie Superstar. Lo marcaron, lo esperaron entre 4. Una patada en las costillas antes que pueda enterarse que alguien le quería robar, lo desestabiliza, cae en la vereda y empiezan a patearlo. Le sacan la billetera, las tarjetas, le pegan una puñalada en la pierna y se pierden por una sucia y oscura calle de los suburbios.
Cuando a la mañana siguiente lo encuentro estaba con el jean tapado de sangre, borracho, con las pupilas dilatadas y matándose de risa mientras les mostraba, al resto de la banda, su video en el hospital, de cuando le cocían la pierna.
Yo no vine a ser padre a este viaje, pero me pareció importante decirle que pensaba. Que su familia esta lejos, que no hay que dar papaya (termino utilizado para decir que te robaron por boludo más o menos). Poco le habrá importado, pero yo aprendí la lección. A cuidarme más, a confiarme menos.
Cómo cada uno de los animales de la selva. Cada uno desarrollando la habilidad para sobrevivir en la jungla. En la verde o en la de cemento. En un coche importado o durmiendo en un cartón.
Yo me voy adaptando a la vida nómade, caminando por la sombra, adaptando mis instintos, evolucionando lo que mejor se hacer y mejorando lo que me cuesta más. Aprendiendo a ser más tolerante, a ser más paciente, más constante.
En definitiva yo estoy aprendiendo a ser.
Y me pongo de pie por los que luchan por ser y por los que luchan porque otros también puedan ser.
Pienso en Mati y el Poyo desde su lugar de comunicadores y militantes.
Pienso en Franquito y Rosina y su constante lucha porque todos tengan un techo, tan utópico como realizable.
Pienso en la cantidad de extranjeros que voy conociendo en el viaje. Que vienen a trabajar en escuelas, en villas, en lo que se necesite.
Sin dudas el futuro está en la militancia, en la defensa de las ideas y de los derechos.
No hay más futuro que el presente, el hoy es lo que marcará la diferencia mañana. Cómo actúe cada uno, con huevos y con conciencia es lo que hará del mañana un lugar mejor.
Queda mucho por hacer, pero también es cierto que queda mucha gente por sumarse.
Abrazo para todos y cada uno.
Subansé a la Ola y a Surfearla.
Pura vida
Yuyi - 17 de agosto de 2011
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