No logro describirlo. Es tan bello este lugar que simplemente no tiene explicación.
Nunca termino de definirme si me gusta más de día, por la tarde o entrada la noche.
Me levanto cuando el sol me acaricia entrando por la ventana y su calor me abraza dandome los buenos días. La ciudad de la eterna primavera siempre inicia el día brillando a puro sol y de por si el buen humor inicia el día con él.
Por las mañanas estaba sólo en la casa, ya que Edwin se iba a trabajar y su primo Kevin al colegio, asique ponía algo de música, que variaba entre Divididos, Las Pelotas, otras veces la carpeta de reggae hace su parte y hasta llego a improvisar con la radio local escuchando salsa y son cubano. Después arranca la preparación del desayuno, cebolla de verdeo, tomates picados, unos huevos con jamón y queso, sal y pimienta y un omelette se pone en marcha, mientras una arepa se calienta en la hornalla de al lado.
Batiendo el café hasta conseguir la espuma deseada, con dos naranjas recién exprimidas, degustando los primeros humos matinales y completando el ritual una buena ducha.
Y les explico porque me cuesta elegir. Salir a la calle a las dos de la tarde puede ser igual o mejor de bueno. Sentarme a leer en un parque o simplemente caminar, recorrer, descubrir, hablar con la gente, como la niña que me regalo una pulcerita para que me proteja en el viaje, como Dani que me regalo el tatuaje que desde acá me acompaña, como los ojos que brillan y alumbran todo aún en las peores oscuridades. El mar se puede llevar el azul pero nunca la esencia.
Por la tardecita siempre (casi siempre) cae una lluvia increible, livianita, de las que se disfrutan, asique camino bajo el chaparrón, algo desprocupado y se siente rico.
Esta ciudad me dió la perspectiva que me faltaba, y me enseño algo de la libertad. Tan lindo y tan sano, entendí que no se necesita nada.
Va cayendo la noche y caminando llego hasta Carlos E. y me siento como en los setenta, reunido con hippies de 40 o 50 años (tal vez más) fumando, contando historias, el tío me canta un tango y me habla del barrio de Manrique, de la gardeliana, de los tiempos mozos. Un artista exhibe su arte mientras un pibe se frita la cabeza metiendosé dos rayas de coca y me explica que sufre de esquizofrenia debido a la cantidad de droga que consume. Me dice que salió de un psiquiatrico la semana pasada. Hijo de un fiscal, lo tenían atado como a un animal, aplicandole varias dosis de drogas tranquilizantes, asumo que ansiolítios o alguna de esas mierdas de diseño que disfrutan transformando a la gente en zombies. Me río cuando me dice que el quiere pactar con el diablo, que se le aparezca y que le deje cien millones de pesos colombianos (cincuenta mil dolares) y que el le promete gastarselo en farra, putas y drogas hasta morirse y me agrega, "pero este hijo de puta no existe, porque sino aparecería ya mismo". Mirándolo fijo le contesté que la vida no es una película, que la vida es otra cosa, que el diablo estaba con él hace rato, vestido de blanco en esa bolsa que llevaba en el bolsillo. Sólo me contestó que le servía para no pensar, se tomó otra raya y se perdió entre la gente.
A la noche me encuentro con Chavela y nos vamos al bar de mincho a tomar una copa de vino, por una cabeza suena de fondo y pienso en la cantidad de bares de tango que hay en esta ciudad. Uno al lado del otro, chiquitos, intimistas. Me imagino el Buenos Aires de otros tiempos, el Abasto, San Telmo, Boedo, tangueros de ley, cabeceando alguna pebeta para robarle unos pasos y tal vez algunos besos.
Escapando por los suburbios del centr nos vamos al Eslabón, que siempre está prendido y la banda suena de lujo como siempre. El de la puerta nos saluda y hace la vista gorda a la hora de cobrarnos la entrada. El lugar es largo y angosto, la banda toca adelante, las mesas a los costados y en el medio la pista de baile. Caminamos hasta el fondo, a la barra y los baños. Las paredes de ladrillo me recuerdan al viejo burgués, al de la calle Marcelo T., la fiesta que hay adentro también.
Banderas de Independiete de Medellín, algunas lamparitas rojas y azules iluminan levemente el ambiente y una bandera del Xeneize completa el decorado. Pienso y digo que trabajaría gratis en este lugar, me siento en el living de casa.
Llevamos los bolsos a la barra y me los recibe un pelilargo que no tiene menos de 55 años, mientras pasa el dueño, 60 años, en cuero, con gafas a lo John Lennon, relajado. Me pregunto que le pasaría por la cabeza a los 20 años. Pensaría llegar de esta forma o habrá querido ser abogado, médico.
Después de bailar dos horas, emprendemos el regreso.
Es contradictorio que me sienta tan tranquilo en una ciudad que parece vivir en estado de ebullición, donde los narcos se pasean por las calles como señores, en sus autos importados junto a sus fulanas de turno plásticas y educadas para atenderlos y de paso salvarse.
Vuelvo a la casa, cocino algo y aprovecho para pensar y escribir un poco.
Estoy perdidamente enamorado de Medellín, de sus callecitas, de su gente, de sus ojos.
Tal vez me siento así porque sé que acá nadie me necesita y eso te libera, te desprende, te hace libre.
En breve me voy a Santa Marta
¿Por qué me voy en general? No lo sé. Tengo dos teorías
1- Porque me estoy aburriendo. (no es el caso)
2- Porque me está gustando demasiado.
El tiempo y la distancia ponen las cosas en el lugar correcto, asique si Medellín es mi lugar o no, me lo dirá el camino.
De lo que estoy seguro es que ya me dió más de lo que podía imaginar.
Abrazos para todos y cada uno
Subansé a la Ola y a surfearla
Pura vida
Yuyi - 20 de Octubre de 2011 (Escrita unos días antes de partir hacia Santa Marta)
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